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martes, 7 de octubre de 2014

Un paseo por Mónaco

Hay que reconocerle a Grace Kelly haber convertido a Mónaco en un suspiro eterno de glamour y coquetería. Los millonarios y cortesanos acuden encantados de conocerse a lucir sus últimos modelos deportivos y presumir de la eslora de los barcos de su propiedad atracados en el puerto. La dinastía más longeva de Europa y el mundo, los Grimaldi, son uno de los ingredientes de una ciudad estado vista por el común como un circuito urbano de Fórmula 1 donde entre curvas y chicanes tintinean zapatos de tacón y se abren las puertas de los descapotables frente al casino.



Pero Mónaco es mucho más que el papel de una revista del corazón y cuenta con numerosos atractivos para escaparse a conocerlo. Para ello os proponemos un paseo de punta a punta que, mientras nadie diga lo contrario, sigue siendo gratis. 

Tratándose del segundo país más pequeño del mundo, sólo por debajo del Vaticano, no podemos acudir con demasiadas pretensiones. Si salimos de la estación de ferrocarril o aparcamos nuestro vehículo en uno de los muchos parkings públicos que dispone el Principado (y que resultan sorprendentemente económicos) debemos buscar siempre el puerto, enlace o puente entre dos mundos elevados como son, al oeste la ciudad vieja nacida a partir del Palacio de los Grimaldi y al este Montecarlo con su imponente casino y sus hoteles cinco estrellas con Lamborghinis frente a la puerta. A partir de ese momento tendremos muy claro cuáles son los tres mundos o espacios de Mónaco. 

El puerto deportivo 


Más que un paseo marítimo se trata de un paseo entre yates de jeques y multimillonarios sin límites en su tarjeta oro. En verano abren atracciones para los niños y se llenan de puestos de comida rápida que son el salvoconducto perfecto al turismo corriente que no extiende cheques a la ligera y se dedica únicamente a ver pero no tocar. 


La zona del puerto tiene mucho movimiento. Es un trasiego constante de gente que se mueve entre Montecarlo y el barrio del castillo a los que sirve de nexo. Al otro lado de las colinas nos esperan dos facetas muy interesantes de este diminuto (que no humilde) país situado en las estribaciones de los Alpes y asomado al Mediterráneo más azul. 

El barrio del castillo 


Desde el puerto deportivo sólo cabe subir. Al occidente del aparcadero de yates nacen caminos en cuesta y escalinatas desde las que salvar un buen desnivel atravesando frondosidades. De repente nos adentramos a la Edad Media y a los tiempos de Francisco, el primer regidor de los Grimaldi en la Mónaco de finales del siglo XIII que no dudó en disfrazarse de monje para subir al trono. 


Una puerta de acceso en piedra y puestos de vigilancia de la parte amurallada de la ciudad nos sirve para ponernos frente al castillo, o más bien palacio de los Grimaldi. Las almenas son la excusa que queda para llamar castillo a lo que es un palacio o palacete con fachada renacentista sin demasiadas florituras pero sobrio y elegante. Desde uno de sus balcones sale la familia principesca ocasionalmente, algo que hemos visto en algunas de las bodas de unos miembros de la realeza europea que siempre han dado mucho que hablar. 


En la roca del castillo principesco, además de unas vistas magistrales del puerto, de Montecarlo y de las torres elevadas que nacen en las montañas, aparece una sucesión de edificios clásicos que debemos observar. Pintados en color pastel que se abren en callejuelas las cuales siguen los trazados de la agitada historia de este curioso país.

Tomemos la calle que tomemos, amén de mostrarnos esa Mónaco tradicional alejada de las grandes construcciones, siempre llegaremos a la Catedral de estilo neorromántico consagrada en 1875 sobre el lugar que ocupó la humilde iglesia de San Nicolás. El lugar donde yace la pareja más famosa que nos ha dado el Principado, Rainiero III y Grace Kelly, es probablemente el más visitado de todos. El destino final de la musa de Alfred Hitchcock ha convertido en legendario a este hermoso y fotogénico templo de piedra blanca. 

Otro de los atractivos del barrio del palacio principesco es el Museo Oceanográfico. Sólo con la fachada merece la pena una visita que es incapaz de decepcionar. Se trata de uno de los mejores museos marinos de toda Europa. Inigualable en emplazamiento y merecedor de alargar una estadía en tierras monegascas. 

Montecarlo y su casino 


Del castillo debemos bajar nuevamente al puerto. No hay otro remedio si queremos llegar al otro lado de Mónaco, a Montecarlo. Lo ideal es hacerlo siguiendo el circuito por el que pasan veloces los vehículos de Fórmula 1 cada año en el Gran Premio de Mónaco. Hay numerosas huellas de los boxes e incluso los neumáticos impregnados en el asfalto por parte de corredores como Fernando Alonso, Hamilton y otras figuras que podemos ver hoy día en televisión. Aunque mucho antes se la jugaran por allí los Fangio (que tiene una estatua en el puerto), Fitipaldi, Sena, Schumacher y compañía. Se mire donde se mire Mónaco es historia viva del automovilismo mundial. 


Pasamos el puente, tomamos la chicane más mítica de la Fórmula 1 y llegamos al área del casino de Montecarlo. Un edificio construido por Garnier, el mismo que levantó la Ópera de París, nos muestra la grandiosidad de uno de los lugares más concurridos de Mónaco. Y, sin duda, el espacio con más millonarios por metro cuadrado. Basta con ponerse frente a la fachada principal y ver cómo los aparcacoches no dan abasto con los Ferrari, Bentley, Lamborghini o Rolls Royce de turno. Es un auténtico placer para quienes les apasionen los coches deportivos puesto que difícilmente en otro lugar se puedan encontrar tantos y tan juntos al mismo tiempo. 

El hotel de París, en un lateral, es otro de esos clásicos inconfundibles de ese Montecarlo de corte elitista. El conjunto es para quedarse a verlo aunque al cabo de un tiempo las escenas de tránsito de grandes fortunas pueden rozar los límites de lo obsceno. Y también de la envidia, por qué vamos a negarlo. 


Y con el casino como último sabor de boca salimos de Mónaco por donde hemos venido. Muy cerca aparecen algunos destinos de la Costa Azul que requieren nuestra atención como Niza, Cannes, Menton, Antibes o ese Saint-Paul-de-Vence encaramado a una montaña. Cambiamos el caviar por el bocadillo de chopped que nos espera para volver… 

Un lugar único, lleno de magia, lujo y mucho glamour para una escapada romántica, disfrutar de unos días en la Costa Azul y relajarse por las bonitas calles del principado. ¿Te viene a Mónaco?

Fuente: Cadena SER

viernes, 3 de octubre de 2014

10+1 lugares secretos de París

Cuando visitas París, debes visitar varias cosas. Para llegar a ellas te topas con pequeñas mareas de turistas por toda la ciudad que entran y salen de ésos puntos más visitados, convirtiéndolos en lugares muy fáciles de identificar y acceder. Sería muy fácil hablarte de ellos. 


1. Cine subterráneo privado 


El Café Germain de París, con su diseño súper chic y sensual hecho bajo la autoría de la artista India Mahdavi, esconde un secreto en su piso subterráneo: un cine privado. Bajo el ambiente íntimo y confortable de este espacio, se realizan proyecciones clásicas o 3D para grupos de hasta 24 personas. 

El espacio, que lleva por nombre German Paradisio, puede ser reservado para fiestas privadas, presentaciones a la prensa, pre-estrenos y transmisiones de eventos deportivos.

2. El parque Bosque de Vincennes 


Un castillo, teatro, hipódromo, lagos, jardines tropicales, un fuerte, un zoo recién remodelado, granja y hasta un templo budista, son parte de los secretos que esconde el mayor oasis urbano parisino que un día fue de uso exclusivo de la realeza. 

En el Bois de Vincennes puedes alquilar un bote y pasear por el lago, o alquilar una tumbona y relajarte el resto del día. Está un poco alejado del centro, razón por la cual es menos visitado por los turistas, pero puedes llegar usando la línea 8 del metro y bajándote en la estación Liberté. Llevar un libro es opcional, pero bastante recomendable. 


3. La boutique vintage Didier Ludot 


En la boutique Didier Ludot, cerca del Museo del Louvre, piezas de alta costura verdaderamente vintage esperan por nuevos dueños que les amen. Puedes encontrar desde un vestido de fiesta de los ochenta diseñado por Oscar de la Renta hasta un Balenciaga de los años sesenta que perteneció a la Princesa Lilian de Bélgica. 

Las piezas que se encuentran a la venta en ésta boutique no son del tipo camiseta de dos euros que consigues en tiendas de segunda mano: aquí los vestidos guardan la historia de la moda y el diseño, y bien podrían formar parte de un museo. 

4. El mural “Je t’aime” 


En el barrio de Montmartre, se ubica la plaza “Place des Abbesses”, y justo al lado hay un pequeño parque donde encontrarás el “Mur de "Je t'aime". Un mural muy fotogénico que fue creado como un homenaje al amor por los artistas Frederic Baron y Claire Kito. 

En el mural, la palabra “te amo” está escrita en más de 300 lenguas y dialectos. 

Para llegar usa la parada del metro Abbesses. Hay varios cafés, tiendas y restaurantes. Así que puedes pasar buena parte del día en este escondido rincón. 


5. Mercadillo Les Enfants Rouges 


Vale, no es el secreto más secreto de París, pero el mercado “Les Enfants Rouges” no decepciona. Sus puestos ofrecen ingredientes frescos llenos de vida y color casi toda la semana (cierra lunes y miércoles). Encuentras quesos, carnes, pescados y mariscos, frutas, vegetales, flores, panes y pasteles. 

Pero eso no es todo. Lo que hace de este mercado un lugar secreto y especial de París son los pequeños restaurantes étnicos que funcionan en su interior. Los platos más populares son los cous-cous africanos. Entra y deléitate. ¡No te arrepentirás! 


6. La Fundación Cartier 


Su fachada de vidrio que integra árboles y plantas, dándole verde al edificio, será el toque particular que te hará ubicar a La Fundación Cartier. Está en uno de los extremos del Boulevard Raspail. En este recinto se exponen obras y se realizan interesantes eventos relacionados con arte contemporáneo durante todo el año. La fundación apoya nuevos talentos y artistas de todas partes del mundo. 

Además del arte, sus bonitos jardines con cientos de especies de plantas, guardan un secreto especial: Un cedro plantado por el escritor Chateaubriand en 1825. 


7. La Sainte Chapelle 


Este monumento ubicado en la Ile de la Cité, es una imponente obra gótica cuyas capillas cuentan con una belleza impresionante. Sus más de 500 metros cuadrados de vitrales, dejan entrar mucha luz y color, y aunque no es tan famosa como su vecina la Catedral de Notre Dame, sin duda es un tesoro de París que debes descubrir. 

En una de sus capillas, reservada para la realeza, se guardaban con recelo dos reliquias muy importantes: la corona de espinas de Jesús y un pedazo de la cruz. Tesoros que costaron más dinero que el invertido en la construcción del edificio. Hoy en día estas piezas ya no se encuentran expuestas aquí, pero dejaron marcada a la Sainte Chapelle como una de las más interesantes del país. 


8. La salsa de mantequilla del restaurante Le Relais de l’Entrecôte 


L’Entrecôte, como es más conocido este restaurante francés, guarda la receta de la salsa de mantequilla para su filete de solomillo como un invaluable tesoro. Recelo que entenderás cuando pruebes ese pedazo de carne derritiéndose en tu boca junto al sabor de la salsa que le acompaña. Aunque muchos lo han intentado, nadie ha conseguido igualarla (ni lograr que se confiese la receta). 

El restaurante tiene su secreto en varias sedes. Te recomendamos que en vez de jugar a investigar los ingredientes tú también, te acerques hasta alguna de sus direcciones y disfrutes de una comida para recordar. 


9. Canal Saint-Martin 


Uno de los barrios menos conocidos pero con más encanto en París, es el que rodea al Canal Saint-Martin. Se trata de una zona tranquila y relajada de la ciudad, muy visitada por jóvenes artistas, estudiantes y amantes de la moda. Siéntate en un café en la ribera, recorre sus calles llenas de tiendas o instala tu manta de picnic un domingo por la tarde y mira la gente pasar... 


10. Parque Astérix 


Al norte de la capital francesa se encuentra un parque dedicado a Astérix, la serie de dibujos animada francesa. En el Parque de Astérix hay atracciones y espectáculos. Montañas rusas enormes, circo romano, show de delfines, restaurantes y tiendas. Un paraíso para los fanáticos de estas caricaturas e ideal para familias que buscando algo nuevo o diferente en París. 


11. ¡Extra! Museo de los Vampiros y las criaturas fantásticas

 
Está en las afueras y es uno de esos lugares que continúan siendo un misterio para muchos de los visitantes de París. Y es que la ciudad de la “luz” también tiene su lado oscuro: el peculiar museo cuenta con más de 1500 libros, armas, pinturas y más de 1000 películas vampíricas en sus estantes. 

En el este museo se dan conferencias sobre las fuerzas oscuras del mal, acompañadas de dos cócteles muy apetitosos (o ¡eso dicen!). El museo está abierto todo el año, y la visita de ser reservada previamente a través del correo electrónico museedesvampires@sfr.fr 


Fuente: Skyscanner

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Los castillos más bonitos de Europa

Los mejores castillos del mundo, o al menos los más bonitos, están en lugares increíbles. Encima de montañas, junto a lagos, en islas, rodeados de vegetación, se reflejan en el agua… y todos, por más diferentes que sean, tienen la capacidad de hacer soñar al que los visita. 


Si no tienes planes para tus vacaciones o necesitas ideas, ¿qué te parecería hacer una ruta en coche por los castillos más bonitos de Europa? Es una idea estupenda y una buena manera de disfrutar del tiempo libre. Así que sigue leyendo, porque aquí van 13 fortalezas, palacios y castillos que te darán ganas de salir volando. 


Castillo de Bran, Rumanía

 
Por si no fuera suficiente con sus tejados rojizos, la vegetación frondosa que lo rodea y un paisaje, nunca mejor dicho, de cuento, el Castillo de Bran está rodeado por un halo de misterio. Esta fortaleza medieval en Transilvania (Rumanía) es uno de los lugares más visitados del país por la leyenda que lo vincula al Conde Drácula. Realmente, este personaje histórico tenía su residencia en otra fortaleza, pero esto no ha impedido la gente lo siga llamando “El castillo de Drácula”. Así que no te asustes y déjate llevar por el encanto medieval de Bran. 


Castillo de Eilean Donan, Escocia, Reino Unido

 
Pese a su tamaño reducido, el castillo de Eilean Donan es el protagonista de muchísimas postales y fotografías que se hacen los turistas en Escocia. Construido sobre un islote y conectado con la tierra por un precioso puente de piedra, cuando la marea sube se refleja en el Loch Duich como si de un espejo se tratara. Su aspecto actual es fruto de la restauración a la que fue sometido por el clan MacRae a principios del siglo XX. Y es tan bonito que ha salido en varias películas de Hollywood como la mítica “Los Inmortales” o “Braveheart”. 


Alcázar de Segovia, España

 
Quien piense que en España no tenemos castillos de postal se equivoca, y mucho. El Alcázar de Segovia es la prueba que confirma que la península es tierra de fortalezas y palacios que no tienen nada que envidiarles a los de nuestros vecinos. Este monumento se alza sobre un cerro y domina el paisaje con elegancia. Y no es de extrañar que durante la Edad Media fuera la residencia favorita de los Reyes de Castilla. No te vayas sin visitar la Sala del Trono ni la de las Piñas. 


Castillo de Chillon, Suiza

 
A orillas del Lago Leman y en un entorno espectacular, el Castillo de Chillon hunde sus cimientos en un fuerte de la Edad del Bronce y lleva ocupado más de 10 siglos. Ha sido el hogar de varias casa reales y sirvió de inspiración al poeta inglés Lord Byron, con su aspecto de postal. Está muy cerca de la ciudad de Montreux y cualquier visita a esta fortaleza es como un viaje al medioevo. 


Castillo de Neuschwanstein, Alemania

 
El castillo de Neuschwanstein (significa “Nuevo Cisne de Piedra” en alemán) es famoso además de por ser la inspiración para el castillo de la Bella Durmiente de Disney, por ser el capricho de Luis II de Baviera, “el rey loco”. Pese a su aspecto medieval, es de finales del siglo XIX y su estilo a medio camino entre la fortaleza neo románica y el palacio neogótico es un delirio de torres y muros que se funden con las montañas y lagos que lo rodean. Está bastante cerca de Múnich, así que si estás por la zona no te lo pierdas. 


Castillo de Trakai, Lituania

 
Los castillos en el agua tienen una capacidad de fascinarnos infinita. El de Trakai, en Lituania, no podía ser menos, con su ubicación privilegiada en medio de un lago y rodeado por bosques. Esta fortaleza de ladrillo rojo sustituyó en el siglo XV al castillo original y durante años sufrió los azares del tiempo, la historia y las guerras… hasta que, finalmente, en el siglo XX se reconstruyó para darle la apariencia actual. Más bonito imposible. 


Castillo de Egeskov, Dinamarca

 
El castillo de Egeskov es la fortaleza renacentista mejor conservada de Europa y es una gema. Increíblemente hermoso por dentro y por fuera, se alza junto a un lago y la leyenda cuenta que para construir sus cimientos se necesitó un bosque entero de robles. Quizás por eso el nombre del castillo significa “Bosque de Robles” en danés). Sea como fuere, esta fortaleza de ladrillo rojo y torres cónicas parece que siempre esté posando para una foto. 


Castillo de Belmonte, Cuenca, España 


Elevada sobre el cerro de San Cristóbal a las afueras de la villa de Belmonte, esta fortaleza robusta controla el paisaje siempre dorado. Es singular por su excelente estado de conservación y porque su aspecto exterior sigue siendo casi el mismo que tenía cuando se construyó en la segunda mitad del siglo XV. El castillo de Belmonte es una fortaleza palacio que cualquiera debería explorar. Y más si tu visita coincide con laguna de sus recreaciones medievales o incluso con el Pasaje del Terror que lo toma algunos días de agosto. 


Castillo de Bodiam, Inglaterra, Reino Unido 


En los cuentos los castillos tienen un foso profundo lleno de agua y, a veces, cocodrilos. Y a juzgar por las fotos del Castillo de Bodiam, este podría ser perfectamente el escenario de nuestra historia favorita. Se trata de una fortaleza cuadrangular austera y capaz de ahuyentar al enemigo más pesado. Como en la mayoría de los casos, en el siglo XVI fue abandonado y se convirtió en una ruina hasta que Lord Curzon lo restauró y legó al National Trust en 1926. 


Castillo de Lichstenstein, Alemania 


El castillo de Lichstenstein, cerca de Stuttgart, es una preciosidad encaramada a una roca en los Montes Suabos. Lo que hoy podemos admirar, con su aspecto elegante y cuidado, es fruto de la reconstrucción neogótica sobre los restos de una fortaleza medieval que estaba en el mismo lugar. El nombre de Lichstenstein lo sacó el duque Guillermo de Urach de una novela romántica. Verlo en primavera es un espectáculo. 


Castillo de Chenonceau, Francia

 
El Valle del Loira es uno de los mejores lugares del mundo para ver castillos. Hay muchísimos y todos rivalizan en belleza, grandiosidad y, por supuesto, lujo. Pero nosotros esta vez nos decantamos por el castillo de Chenonceau. Lo único que queda de la fortificación medieval original es la Torre de los Marques, mientras que el resto se edificó a principios del siglo XVI en un estilo palaciego mucho más apropiados para los tiempos. El castillo de Chenonceau es conocido como “el castillo de las mujeres” por la huella que dejaron en él las nobles que lo construyeron, residieron en él o lo poseyeron como por ejemplo Diana de Poitiers, Luisa de Lorena-Vaudémont o la misma Catalina de Médicis. 


Castillo de Hohenwerfen, Austria

 
El castillo de Hohenwerfen también trepa por la montaña hasta situarse en su cima y, orgulloso, dominar la zona. Esta fortificación de grandes dimensiones está en la ribera del río Salzach, cerca de Salzburgo y sus orígenes se remontan al siglo XI como parte de la línea defensiva de esta zona de Austria. Está rodeado por los Alpes y parece inexpugnable. Tanto es así que se usó como cárcel. Hoy se puede visitar casi en su totalidad, incluida la cámara de tortura y su Museo de Marionetas. 


Ashford Castle, Irlanda

 
Este castillo medieval situado en el condado de Mayo en Irlanda es uno de los más bonitos de toda la Isla Esmeralda. La fortaleza, que es más un palacio que otra cosa, está a orillas del lago Corrib y se construyó en el siglo XIII para una familia anglonormanda. Ya en el siglo XVIII cayó en manos de los Guinness, que lo vendieron en 1945. En la actualidad el castillo de Ashford es un lugar de fantasía en el que puedes pasar una noche o más, ya que es un hotel de cinco estrellas de primer nivel. 


Fuente: Skyscanner

martes, 16 de septiembre de 2014

10 ciudades increíbles para ir de Erasmus


Irte de Erasmus es una experiencia que marcará tu vida y tu carrera. Este programa de becas para estudiar en universidades de toda Europa es la oportunidad perfecta para salir de España y descubrir un país y una cultura nuevos. 


Praga, República Checa 


La capital checa debería estar muy arriba en tu lista de destinos para irte de Erasmus si buscas un lugar bonito, con cultura, con precios asequibles y mucha fiesta. Esta ciudad preciosa y con pinta de haber salido de una postal no es demasiado grande pero tiene una gran vida universitaria y hay muchísimas cosas por ver y hacer. Por supuesto, después de las clases, déjate caer por lugares como el Chapeau Rouge, el Cross Club o el Roxy. 


Cracovia, Polonia 


La monísima y colorida Cracovia es otro destino perfecto para irte de Erasmus. Esta ciudad polaca es un lugar en el que vivir es bastante barato, pero si por algo destaca es por el buen ambiente estudiantil. En cierta manera, parece que Cracovia viva por y para los estudiantes, con fiesta, eventos y festivales durante los 12 meses del año. Quizás no vayas a aprender polaco (es dificilísimo) pero seguro que te haces con alguna palabra saliendo de fiesta por el Barrio Judío o en locales como Coco o la cervecería Pijalnia. 


Budapest, Hungría 


Dividida por el Danubio en dos mitades, Buda y Pest, la capital de Hungría es uno de los destinos favoritos de la comunidad erasmus. Si tenemos en cuenta que vivir, comer y salir son más baratos que en la mayoría de Europa, quizás se pueda entender el por qué. Así que si quieres estudiar en un lugar lleno de historia pero en el que las noches están llenas de vida, toma nota. Un consejo: pásate por los bares ruina, son toda una experiencia. 


Cardiff, Gales 


Más de la mitad de la población de Cardiff son estudiantes, así que es normal que esta ciudad de Gales esté muy orientada a este público, y los Erasmus no son la excepción. Su universidad es buena, pero ya que estás, seguro que disfrutas de su animada vida nocturna. Eso sí, recuerda que vivir en Cardiff es algo más caro que en España… Algunos de los clubs más populares entre los universitarios están el Live Lounge (con música en directo), Revolution u Oceana. 


Bolonia, Italia 


La ciudad italiana de Bolonia es uno de los lugares favoritos de la comunidad Erasmus y un buen lugar al que ir si quieres sentirte un poco “como en casa”. Los precios son similares a los que se pagan en España, la gastronomía es excelente y las vistas aún mejores. Y mejor no hablamos de la fiesta… ¿O sí? Si vas a pasar algunos meses estudiando en Bolonia, échale un vistazo a los bares y clubs de la zona universitaria o la Via del Pratello. 


Groninga, Países Bajos 


Quizás no sea uno de los destinos más típicos para ir de Erasmus, pero esta poco desconocida ciudad holandesa tiene una gran vida estudiantil y una oferta de ocio para todos los gustos. Cuentan que hay mucha fiesta, en especial en el centro de la ciudad. Está relativamente cerca de Ámsterdam y hay mucho por hacer… y al no ser la capital, los precios son un poco más económicos, aunque sigue siendo más cara que España. 


Lisboa, Portugal 


Lisboa, con su saudade, sus edificios de azulejos y su encanto atlántico es un lugar al que no importa volver. Y, siendo honestos, no está nada mal si eres un estudiante de Erasmus. El coste de la vida es bastante parecido al nuestro, y su clima también. La capital portuguesa es preciosa, pero no sólo podrás disfrutar de sus edificios y monumentos. También tienen muy buenos locales en los que bailar hasta el amanecer. 


Colmar, Francia 


Quizás nunca hayas oído hablar de la coqueta Colmar. Esta ciudad surcada por canales, con un casco antiguo más que bonito y rincones pintorescos es un buen lugar para irte de Erasmus. Al no ser un lugar demasiado popular podrás perfeccionar el francés sin renunciar a la fiesta y la movida estudiantil. Te parecerá que estás dentro de un cuento, entre tanto edificio renacentista. 


Lovaina, Bélgica 


Hablar de Lovaina es hablar de experiencias Erasmus. Esta ciudad de la parte flamenca de Bélgica se desvive por los estudiantes, que son gran parte de sus ciudadanos. Quizás no sea tan barato como los países de Europa del Este, pero aquí saben pasarlo bien. Y no te preocupes si no hablar francés ni holandés ni flamenco, en inglés deberías ser capaz de defenderte en cualquiera de los muchos bares y clubs que están por todas partes. 


Heidelberg, Alemania 


Heidelberg tiene la universidad más antigua de toda Alemania, pero no te pienses que por eso va a ser aburrida. Cruzada por un río y con un entorno precioso, uno de cada cinco habitantes de la ciudad son estudiantes universitarios, así que fiesta y nuevos amigos no van a faltar. Además de salir por los bares y clubs, disfrutar de la gastronomía alemana y vivir la experiencia Erasmus no te pierdas las rutas por los viñedos de la zona. 


Fuente: Skyscanner

jueves, 11 de septiembre de 2014

Cuatro motivos para ir y cuatro para regresar a Carcassonne

Carcassonne (o en el español colonizador Carcasona) comienza a ser uno de esos lugares donde todo turista inquieto ha puesto su chincheta. Tiene buena prensa, buena planta y buena fama de excursioncilla de un día que a veces se acorta por razones naturales o por el cansancio de la aglomeración. Hayas ido o no, aquí van unos cuantos motivos para descubrirla... y otros tantos para volver. 


 

PARA LOS PRIMERIZOS, visitantes que llegan por primera vez a patear de arriba a abajo la ciudadela medieval.


1. Por las piedras y su magnética fotogenia


Pues sí querido novato, hasta aquí llegará por los centenares de piedras colocadas en aparejo para formar muros, murallas, puertas y demás edificaciones de corte medieval. ¡Que le den a lo moderno! Hasta los gatos tienen un look anticuado, solo les falta la armadura completa y la espada envainada. No es ninguna fanfarronería, hasta el más apasionado por la fotografía se puede cansar de tomar millones y millones de gigas de fotos esos torreones al fondo punzando el horizonte. Y así, horas de paseos reconfortantes entre puertas (instantánea obligatoria en la de Narbona y la de Aude), palestras y escaramuzas amateurs para conquistar algún viejo puesto de vigilancia. 

2. Por la visita al castillo


La construcción civil más destacada intramuros está bastante bien montada para recibir visitas. Es el castillo, bien separado por una taquilla (menores de 26 europeos entran gratis) y un foso que pone un poco en orden tanto caos de callejuelas. Y hay que entrar para darse un garbeo por un espacio que fue palacio, castillo y fortificación y también para aprender que uno está ante una de las primeras restauraciones con fines turísticos de la Historia. En el Siglo XIX, un visionario como Eugène Viollet-le-Duc se interesó en saber cómo había sido la vieja ciudadela inexpugnable que tantos siglos resistió y que solo el progreso la derribó. Y para ello la reconstruyó basándose en planos y en documentos históricos. Un ejercicio de puro romanticismo que hoy la ciudad le agradece. No veas qué pintoresca la dejó. 


3. Por los recovecos, las tiendecitas y la buena vida


Visto el éxito que tiene Carcassonne entre el público mainstream, cualquiera podría pensar que sus estrechas calles serían un hervidero de tiendas de souvenir. Y la verdad es que hay bastantes, pero no las suficientes como para provocar el estupor ante tanto recuerdo made in China. Parece que Caracassonne ya ha pasado la fiebre y ahora se dedica a reivindicar todo lo bueno que tiene esta rica región con tiendas gourmet donde resalta el foie, los vinos y la bollería artesanal y con pequeños talleres de artistas artesanos. La rue Saint-Louis es la principal vía alternativa al plástico, con una última parada para -aunque sea- tomarse un cafecito y sentirse como un príncipe en bañador en el maravilloso Hotel de la Cité. 


4. Por Saint Nazaire


Estimado novato, haga lo que haga siempre acabará entrando en la basílica. No hay que se muy fan de la arquitectura ni ser un feligrés acérrimo para dejarse embaucar por lo que hay debajo de esas torres diferentes que forman el campanario. El interior deslumbra con sus vidrieras y sirve, de algún modo, para saciar las ganas de grandes catedrales de estilo francés. Es cierto que no es el punto cumbre del desvirgamiento de Carcassone, pero sí que hace que no resulte un escarceo monótono. Tiene un no-se-qué intrigante. 


PARA LOS REPETIDORES, aquellos que quieren llevarse unas impresiones menos masificadas de Carcassonne. 


1. Por el tour de la muralla y la sorpresa del teatro


Si se anda con cierto cuidado y se tiene la suficiente paciencia como para informarse bien, es posible no necesitar una segunda visita para hacer el tour de la muralla. Se trata de un itinerario que cada día cambia de horario y que sirve para recorrer las murallas guiado por un dicharachero especialista. Mola si se hace en castellano (muy de vez en cuando). Si no, siempre le quedará mejorar los idiomas intentando entender las peculiaridades de cada torreón y descubrir un rincón oculto al gran público. Se trata del fantástico teatro Jean Deschamps, sede del veraniego festival donde se aprovecha la magnífica acústica, el buen tiempo y la original situación para representar teatro, ópera, circo y música. Snobismo a buen precio (incluso gratis). 


2. Por la sabrosa gastronomía


Tanta visita, tanta creperie low cost y tantas soluciones domingueras de bocata y cantimplora eclipsa una oferta gastronómica bastante suculenta. El plato ineludible es el Cassoulet, una especie de fabada pero con pato hecha en una cazuela de barro y con un final churruscadito muy conseguido. Está rico, es tradicional y tiene hasta su propia ruta por toda la comarca. Otras especialidades son los estofados de caza o los caracoles a la Languedoc. Todas ellas recetas que piden a gritos un vino de la región (los magníficos Côtes de St-Mont o Côtes de Brulhois) que ayude a la digestión y a la siesta. 


3. Por razones extra... muros


Hay una tendencia innata a desprestigiar al resto de la ciudad, a la que creció fuera de las murallas y donde se hace la vida real. Y esto es un grave error. Vale, es normal que tras tanta sobre excitación medieval todo lo demás parezca poca cosa. Pero no lo es. La Bastide Saint-Louise es una ciudad armoniosa, ordenada y simpática con algún monumento digno de ser visitado como la catedral de Saint-Michel o la alegre plaza Carnot. El puente viejo es el punto de unión con el pasado, un lugar de extrema belleza. Aunque, siendo sinceros, la estampa impresionante es la que se admira con la ciudad amurallada detrás. Y luego está el canal du Midi, con sus inocentes cruceros fluviales que a su paso por Carcassone regalan un paseo tranquilo flanqueado por árboles cuyas ramas caen como lágrimas hasta el agua. 


4. Por la excursioncita a St. Hilaire


Son 24 kilómetros que pueden asustar, pero el sendero que conduce hasta la abadía de San Hilario es un breve trailer de lo que se espera de un paisaje del Languedoc. No hace falta hacerlo a pie, hay trazados ideales para hacerlo en caballo o para seguir el recorrido con el coche, parando cada 5 minutos 'obligados' por lo embaucador de las vistas. Este camino, conocido como 'Piedras y viñas' surca un mar de viñedos y matorrales floridos y tiene su punto final en San Hilario, un pueblo con un precioso monasterio famoso por las tallas del maestro Cabestany. Pero también un lugar donde se prueba el mejor espumoso del sur de Francia: La Blanquette de Limoux, el más antiguo del mundo. Un honor muy notable en el país del Champagne.

Fuente: Traveler